domingo, 27 de enero de 2013

Una historia con las manos.

Lo supe desde siempre. Desde el momento en el que nos conocimos. Ya no recuerdo cuándo ni cómo fue. En realidad no es importante. Lo importante es que seguimos ahí, el uno y el otro, unidos por un lazo invisible, a pesar de los años, de las personas que han pasado por nuestras vidas y de los kilómetros de distancia. A pesar de los largos periodos sin hablar, cualquier día volvemos a hacerlo y es como si nos hubiésemos despedido ayer mismo. Es magia. Tu y yo desprendemos magia, ¿no lo crees? una atracción especial. Yo lo supe desde el primer día en que nos conocimos. Desde el primer momento sentí una atracción muy extraña por ti, no sabría cómo definirla. 
Eres la única persona con la que siento que comparto más del noventa por ciento de mi alma. Somos tan raros, los dos, y tan parecidos el uno al otro al mismo tiempo. Vivimos la vida de maneras muy diferentes y a la vez tan iguales. Compartimos muchas pequeñas peculiaridades, las que nos hacen especiales. Yo no creo que sea casualidad. Tú y yo nacimos para conocernos. A veces intento olvidarlo, porque igual que son muchas las cosas que nos unen, son muchas las cosas que nos separan. Pero entonces, de repente, viene, por ejemplo, un sueño, y nos lo recuerda. A los dos. Y de repente otra vez la magia. 
Nunca me he atrevido a decírtelo, nisiquiera a mencionármelo a mí misma en voz alta. Si hubiese podido elegir de quién enamorarme, lo habría hecho de ti. En cierto modo siempre he vivido un poco enamorada de tí. De tu manera de pensar, de tus aficiones, de tu manera de vivir la vida y de ese encanto que desprendes por los cuatro costados y es tan difícil de ignorar. Me hubiese encantado realizar contigo todos esos planes que un día te ofrecí. He calculado cada noche en silencio los pasos que me separan de tu vida. Pero tú y yo sabemos que nos falta valor y nos sobra el miedo. Quizá busquemos cosas diferentes el uno en el otro. Nunca te lo he preguntado y probablemente nunca lo haga. Ya sabes que soy un poco cobarde. 
Son tantos y tan altos los obstáculos que nos hemos puesto en el camino, que probablemente nunca lleguemos a encontrarnos. Nunca llamaré a tu puerta para decirte que me dejes contarte una historia con las manos que te sepa a caramelo. 
Tendré que esperar a que el siguiente sueño me vuelva a recordar lo que mi corazón guarda para tí. Desde 700 kilómetros seguiré sonriendo cada día para tí.

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